Shirley

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CAPÍTULO XXII

DOS VIDAS

Tan sólo una parte de la energía y la resolución de Moore se había puesto de manifiesto en su defensa de la fábrica; la otra parte (y ésta era terrible) la mostró en la pertinacia infatigable y despiadada con que buscó a los cabecillas de la incursión. A la turba, a los que se habían limitado a seguirlos, los dejó en paz: quizá un sentido innato de la justicia le dijo que hombres mal aconsejados, inducidos por las privaciones, no eran el blanco adecuado para la venganza, y que el que inflige un violento castigo sobre la cabeza humillada de los que sufren es un tirano y no un juez. En todo caso, aunque sabía quiénes eran muchos de aquellos hombres por haberlos reconocido durante la última parte del ataque, cuando despuntaba el día, dejó que se cruzaran con él diariamente en la calle o en la carretera sin darse por enterado ni amenazar a nadie.

A los cabecillas no los conocía. Eran forasteros, emisarios de las grandes ciudades. La mayoría no formaba parte de la clase obrera, eran sobre todo gentes «de mal vivir», hombres arruinados y bebedores, siempre llenos de deudas, que no tenían nada que perder y sí mucho que envidiar en cuanto a carácter, dinero y limpieza. A éstos Moore les seguía la pista como un auténtico sabueso, y le gustaba la tarea: era una tarea excitante que complacía a su naturaleza; le gustaba más que fabricar paños.


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