Shirley
Shirley SOPLA EL VIENTO DEL OESTE
Quienes se atreven a entablar semejante batalla divina no siempre vencen. Puede que noche tras noche el oscuro sudor de la agonía empape su frente; puede que el suplicante pida clemencia con esa voz muda con que habla el alma cuando su súplica se dirige a lo Invisible. «Salva a la persona a la que amo», tal vez implore. «Sana a la vida de mi vida. No me despojes de lo que el prolongado afecto entrelaza con mi naturaleza toda. ¡Dios de los cielos, atiéndeme, escúchame, ten piedad!». Y tras este grito y esta lucha, puede que el sol salga para peor. Puede que en ese amanecer, que antes lo saludaba con susurro de céfiros y canto de alondras, las primeras palabras que salgan de los amados labios, cuyo color y calor se han desvanecido, sean:
«¡Oh! He pasado una noche de padecimientos. Esta mañana estoy peor. He intentado levantarme. No puedo. He tenido sueños perturbadores a los que no estoy acostumbrado».
Entonces el que vela se acerca a la cabecera del enfermo y ve un nuevo y extraño moldeado de los rasgos familiares, comprender de inmediato que se acerca el momento insufrible, sabe que es Voluntad de Dios que se derribe su ídolo, y agacha la cabeza y somete su alma a la sentencia que no puede evitar y a duras penas resistir.
