Shirley
Shirley LA PRIMERA MUJER SABIA
El carácter de la señorita Keeldar no armonizaba con el de su tío, y de hecho jamás había existido armonía entre ellos. Él era irritable y ella vivaz; él era despótico y a ella le gustaba la libertad; él era materialista y ella, quizá, romántica.
El señor Sympson no se hallaba en Yorkshire sin motivo; su misión era clara y tenía intención de cumplirla concienzudamente: tenía el ferviente deseo de casar a su sobrina, conseguir para ella una boda conveniente, entregarla al cuidado de un marido adecuado y lavarse las manos para siempre.
Desgraciadamente, ya desde la infancia, Shirley y él habían discrepado sobre el significado de las palabras «conveniente» y «adecuado». Ella jamás había aceptado la definición de su tío, y era dudoso que, tratándose de dar el paso más importante de su vida, consintiera en aceptarla.
Pronto se demostró.
El señor Wynne pidió formalmente la mano de Shirley para su hijo Samuel Fawthrop Wynne.
—¡Decididamente adecuado! ¡Muy conveniente! —declaró el señor Sympson—. Un buen patrimonio sin gravámenes; una fortuna sólida; buenas relaciones. ¡Debe aceptarse!
