Shirley
Shirley RUSHEDGE, UN CONFESIONARIO
A decir de todos, era ya hora de que el señor Moore regresara a casa; a todo Briarfield le extrañaba aquella injustificada ausencia, y Whinbury y Nunnely aportaron por separado su contribución al asombro.
¿Alguien sabía por qué seguía ausente? Sí, todo el mundo lo sabía de sobra, puesto que se aducían como mínimo cuarenta motivos plausibles que justificaban aquella circunstancia injustificable. No era por negocios, en eso estaban de acuerdo los rumores: hacía tiempo que había despachado el asunto que lo había llevado a partir; no había tardado mucho en encontrar la pista de los cuatro cabecillas y en acorralarlos; había asistido al juicio, había oído la sentencia y había visto cómo los embarcaban para ser deportados.
Todo esto se sabía en Briarfield por los periódicos. El Stilbro’ Courier había dado todos los detalles con aclaraciones. Nadie aplaudió la perseverancia de Moore ni lo aclamó por su éxito, aunque los dueños de las fábricas se alegraron, pues confiaban en que el terror de ver cómo se hacía cumplir la ley paralizaría a partir de entonces el siniestro arrojo del descontento. Sin embargo, podía oírse aún a los descontentos murmurando entre dientes; lanzaban juramentos ominosos mientras bebían la interminable cerveza de las tabernas y hacían extraños brindis con la fuerte ginebra inglesa.
