Villette

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¿Veré a monsieur antes de su marcha? ¿Se acordará de mí? ¿Tendrá intención de venir? ¿Aparecerá hoy? ¿Lo hará quizá dentro de una hora? ¿O he de seguir sufriendo el dolor lacerante de la espera, la angustia cruel de la ruptura final, el dolor mudo y terrible que, al arrancar de raíz dudas y esperanzas, sacuden todo mi ser; mientras la mano que desata la violencia no puede acariciarse para inspirar lástima, pues la ausencia interpone su barrera?

Era el día de la Asunción; no había clase. Internas y profesoras, después de asistir a misa por la mañana, fueron a dar un largo paseo por el campo, a fin de tomar su goûter o merienda en alguna granja. No fui con ellas, pues sólo faltaban dos días para que el Paul et Virginie se hiciera a la vela, y yo me aferraba a mi última oportunidad, al igual que un náufrago se aferra a la última balsa o al último cabo.

Debían realizarse unos trabajos de carpintería en la clase de primero, algunos bancos o pupitres que reparar; los días de fiesta se aprovechaban a menudo para esos menesteres, que no podían hacerse con las aulas llenas de gente. Yo estaba sentada allí, solitaria —pensando en salir al jardín y dejar el campo libre, pero demasiado apática para hacerlo—, cuando oí acercarse a los trabajadores.


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