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Los artesanos y los criados extranjeros hacen todo por parejas: supongo que se necesitarían dos carpinteros de Labassecour para poner un clavo. Al atarme el sombrero, que hasta entonces había colgado de mi ociosa mano con ayuda de sus cintas, me sorprendió oír únicamente los pasos de un ouvrier[420]. Me di cuenta, asimismo —de igual modo que un prisionero en su calabozo mata el tiempo escuchando cualquier nimiedad—, de que aquel hombre llevaba zapatos y no sabots[421]. Imaginé que sería el maestro carpintero, que venía a inspeccionar los muebles antes de enviar a sus trabajadores. Me envolví en mi chal. Las pisadas se acercaron; la puerta se abrió; yo estaba de espaldas; sentí un escalofrío… una sensación muy peculiar, demasiado fugaz para ser analizada. Me di la vuelta, esperando encontrar al maestro artesano: al mirar el hueco de la puerta, lo vi ocupado por una figura, y mis ojos dibujaron en mi cerebro la imagen de monsieur Paul.

Muchas de las oraciones con que abrumamos al Cielo jamás son escuchadas. Una vez en la vida, casualmente, el regalo dorado cae en nuestro regazo: una bendición luminosa y perfecta de las riquezas del Destino.




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