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Capítulo XLII   - Finis

El hombre no puede hacer profecías. El amor no es un oráculo. El miedo a veces maquina vanos proyectos[434]. ¡Aquellos años de ausencia! ¡Cuánto me había atormentado imaginarlos! El dolor que traerían parecía tan seguro como la muerte. Conocía la naturaleza de su curso: jamás había dudado de la angustia que acompañaría su espera. Juggernaut[435] llevaba en su carro una lúgubre carga. Al ver cómo se acercaba, hundiendo las gigantescas ruedas en la tierra, yo, la postrada adoradora, sentía de antemano su peso aniquilador.

Por extraño que parezca —extraño, pero cierto, y con muchos paralelismos en la vida—, aquella opresión vislumbrada resultó ser toda… sí… casi toda la tortura. El gran Juggernaut, en su enorme carro, continuó su marcha altivo, enérgico y huraño. Pasó silenciosamente, como una sombra barriendo el cielo del mediodía. No vi ni sentí más que una fría oscuridad. Levanté la vista. El carro y el demonio que lo conducía desaparecieron; la adoradora seguía viva.

Monsieur Emanuel estuvo ausente tres años. Fueron los tres años más felices de mi vida, lector. ¿Te parece absurda la paradoja? Escucha.


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