Villette
Villette El hombre no puede hacer profecÃas. El amor no es un oráculo. El miedo a veces maquina vanos proyectos[434]. ¡Aquellos años de ausencia! ¡Cuánto me habÃa atormentado imaginarlos! El dolor que traerÃan parecÃa tan seguro como la muerte. ConocÃa la naturaleza de su curso: jamás habÃa dudado de la angustia que acompañarÃa su espera. Juggernaut[435] llevaba en su carro una lúgubre carga. Al ver cómo se acercaba, hundiendo las gigantescas ruedas en la tierra, yo, la postrada adoradora, sentÃa de antemano su peso aniquilador.
Por extraño que parezca —extraño, pero cierto, y con muchos paralelismos en la vida—, aquella opresión vislumbrada resultó ser toda… sÃ… casi toda la tortura. El gran Juggernaut, en su enorme carro, continuó su marcha altivo, enérgico y huraño. Pasó silenciosamente, como una sombra barriendo el cielo del mediodÃa. No vi ni sentà más que una frÃa oscuridad. Levanté la vista. El carro y el demonio que lo conducÃa desaparecieron; la adoradora seguÃa viva.
Monsieur Emanuel estuvo ausente tres años. Fueron los tres años más felices de mi vida, lector. ¿Te parece absurda la paradoja? Escucha.
