Villette
Villette Aquella tempestad rugió enloquecida por espacio de siete días. No cesó hasta que el Atlántico estuvo lleno de barcos hundidos; no amainó hasta que las profundidades devoraron todo su sustento. Mientras el ángel destructor de la tempestad no hubo terminado su trabajo a la perfección, no cerró aquellas alas cuyo vuelo engendraba truenos… y cuyas plumas, al temblar, desataban tormentas.
Paz, ¡no turbes la calma! ¡Oh! Cientos de hombres y mujeres sollozantes, elevando sus plegarias desesperadas en la orilla, esperaron escuchar esa voz; pero no se alzó… hasta que, al llegar el silencio, algunos no pudieron gozar de él: hasta que, al reaparecer el sol, ¡su luz fue noche para algunos!
Al llegar aquí me detengo: me detengo bruscamente. He dicho demasiado. No te inquietes, amable corazón; deja que la alegre fantasía albergue esperanzas. Deja que imagine el júbilo que sucede al terror atenazante, el éxtasis del rescate tras el peligro, el maravilloso destierro del miedo, la felicidad del regreso. Deja que imagine la unión y un futuro dichoso.
Madame Beck prosperó todos los días de su vida; lo mismo ocurrió con père Silas; madame Walravens cumplió noventa años antes de morir. Y, adiós, ahora me despido.