Villette
Villette Al caer la noche, el mar se encrespó: olas cada vez más grandes azotaban con fuerza el costado del barco. Era extraño pensar que sólo nos rodeaban el agua y la oscuridad, y sentir que la nave avanzaba sin perder el rumbo, a pesar del ruido, el oleaje y el creciente temporal. Algunas piezas del mobiliario empezaron a caerse y fue necesario trincarlas para que no se movieran de su sitio; los pasajeros estaban cada vez más mareados; la señorita Fanshawe declaró entre gemidos que se morÃa.
—TodavÃa no, querida —dijo la camarera—. Acabamos de llegar a puerto.
En efecto, un cuarto de hora más tarde se hizo la calma; nuestro viaje concluyó en torno a la medianoche.
Yo lo lamentaba; sÃ, lo lamentaba. Mi descanso habÃa llegado a su fin; mis problemas —mis acuciantes problemas— volvÃan a comenzar. Cuando subà a cubierta, el aire glacial y el oscuro ceño de la noche parecieron reprocharme la osadÃa de haber viajado hasta allÃ; las luces de aquel pueblo extranjero de la costa, brillando con luz trémula alrededor del puerto, me recibÃan al igual que cientos de ojos amenazadores. Unos amigos subieron a bordo para dar la bienvenida a los Watson; un numeroso grupo de familiares y amigos rodeó y se llevó a la señorita Fanshawe; a mÃ… ni se me ocurrió comparar mi situación con la de ellos.