Villette
Villette Cuando por fin llegué al enorme vestíbulo, inundado por la luz de la claraboya, me encaminé hacia lo que resultó ser el comedor del hotel. No puedo negar que, al entrar allí, temblaba un poco; me sentía insegura, solitaria, muy desdichada; deseaba de todo corazón saber si obraba bien o mal y, aunque creía que era lo segundo, no podía evitarlo. Con el espíritu y la calma de un fatalista, me senté en una pequeña mesa, donde el camarero no tardó en servirme el desayuno; y lo tomé con un estado de ánimo muy poco favorable a la digestión. Había muchas personas desayunando en otras mesas; me habría alegrado ver a alguna mujer entre ellas, pero no había ninguna, todos los presentes eran hombres. Sin embargo, nadie pareció pensar que estuviera haciendo algo raro; uno o dos caballeros me miraron ocasionalmente, pero con suma discreción: supongo que, si vieron alguna excentricidad en mi comportamiento, lo justificaron con la palabra «¡Inglesa!».
Terminado el desayuno, tenía que moverme de nuevo… pero ¿en qué dirección? «Ve a Villette», me dijo una voz interior, empujada sin duda por el recuerdo de una frase banal que la señorita Fanshawe había pronunciado sin pensar al despedirse de mí:
—Ojalá pudiera venir al colegio de madame Beck. Podría usted cuidar de sus marmots[19]. Está buscando una gouvernante inglesa, o al menos la buscaba hace dos meses.