Villette
Villette Yo no sabía quién era madame Beck ni dónde vivía; lo había preguntado, pero mis palabras no habían obtenido respuesta: apremiada por sus amigos, la señorita Fanshawe se había ido sin contestarme. Pensé que Villette sería su residencia; y allí dirigí mis pasos. La distancia era de cuarenta millas. Sabía que me aferraba a un débil hilo de esperanza, pero, hallándome en el fondo del abismo, me habría agarrado a un clavo ardiendo. Tras inquirir por el modo de viajar hasta Villette y reservar un asiento en la diligence, partí guiada por la firmeza de aquel plan, de aquella sombra de proyecto. Antes de pronunciarse sobre la temeridad de mi proceder, ruego al lector que vuelva la vista atrás, hacia el punto del que había partido; que recuerde el desierto que había dejado a mis espaldas y repare en el escaso peligro que corría: se trataba de un juego en el que no tenía nada que perder, y podía ganar.