Villette
Villette Tenía el sueño ligero; me desperté de pronto en medio de la noche. Reinaba el silencio, pero una figura se movía por la habitación: madame con su camisón blanco. Sin hacer ruido, se acercó a las tres camas de las niñas; después vino hacia mí. Yo fingí dormir mientras ella me observaba durante un buen rato. Luego presencié una pequeña pantomima, bastante singular. Juraría que estuvo un cuarto de hora sentada en el borde de mi cama, contemplando mi rostro. Entonces se inclinó sobre mí, me levantó suavemente el gorro de dormir y dobló el borde para dejar mis cabellos al descubierto; después examinó mi mano, que reposaba sobre la colcha. Hecho esto, se volvió hacia la silla donde estaba mi ropa, a los pies de la cama. Al oír que la tocaba y la cogía, abrí los ojos con cautela, pues confieso que sentía curiosidad por saber hasta dónde llegaría su afán investigador. Comprobé que muy lejos: inspeccionó hasta el último detalle. Adiviné el motivo de su proceder: con la ayuda de dichas prendas, deseaba formarse una opinión sobre mí, mi posición, medios de vida, higiene, etcétera. El fin no era malo, pero los medios no eran correctos ni podían justificarse. Mi vestido tenía un bolsillo; le dio la vuelta y contó el dinero que llevaba en el monedero; abrió mi cuaderno de notas, leyó sin inmutarse su contenido y cogió un pequeño mechón de cabellos grises de la señorita Marchmont que encontró entre sus páginas. Prestó especial atención a un manojo de tres llaves que correspondían a mi baúl, mi escritorio y mi costurero; e incluso se lo llevó por unos instantes a su dormitorio. Me incorporé ligeramente en la cama y la seguí con la vista. No devolvió las llaves, lector, hasta haber dejado su huella impresa en cera sobre el lavabo de la habitación contigua. Una vez finalizada la cuidadosa y metódica inspección, mis pertenencias volvieron a su lugar de origen y mi ropa fue doblada nuevamente con esmero. ¿Qué conclusiones había sacado del escrutinio? ¿Eran o no favorables? Vana pregunta. El rostro pétreo de madame (pues parecía de piedra aquella noche, aunque en el salón, como he dicho antes, lo hubiera creído humano e incluso maternal) no dejaba entrever respuesta alguna.