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A la mañana siguiente tuve ocasión de conocer mejor a la señora Sweeny. Al parecer, se había presentado a madame Beck como una señora inglesa venida a menos, y había afirmado ser oriunda de Middlesex y hablar inglés con el más puro acento metropolitano. Confiando en sus métodos infalibles para descubrir la verdad con la ayuda del tiempo, madame mostraba una singular intrepidez al contratar los servicios del primero que se presentaba (tal como había probado con creces en mi propio caso). Había aceptado a la señora Sweeny como niñera e institutriz de sus tres hijos. No necesito explicar al lector que aquella señora era irlandesa; en cuanto a su posición social, es algo que no pretendo determinar; ella afirmaba con descaro que «había educado al hijo y a la hija de un marqués». Pienso que tal vez había sido sirvienta, niñera, ama de cría[28] o lavandera de alguna familia de su país. Trataba de disimular su fuerte acento irlandés, curiosamente salpicado de afectadas inflexiones cockney. De un modo u otro, había adquirido y estaba en posesión de un guardarropa cuya suntuosidad era bastante sospechosa: costosos vestidos de rígida seda que no le sentaban demasiado bien, pues parecían hechos para un cuerpo de otras proporciones; cofias con puntillas de encaje; y la prenda más importante de su vestuario, cuya visión hechizaba a todos los habitantes de la casa, acallando a profesoras y criadas —por lo demás desdeñosas— e influyendo incluso en la propia madame, cuando los pliegues de tan majestuoso ropaje envolvían sus anchos hombros: un auténtico chal indio, «un véritable Cachemire[29]», como decía madame Beck con una mezcla de asombro y reverencia. Estoy segura de que la señora Sweeny no habría conservado ni dos días su trabajo en el internado sin ese Cachemire. Gracias a él, únicamente a él, lo mantuvo durante un mes.


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