Villette

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🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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Por las noches, después de haber pasado el día conspirando, desbaratando conspiraciones, espiando y recibiendo informes de sus espías, subía a menudo a mi habitación —con indicios de verdadero cansancio en el rostro—, y se sentaba a escuchar a las niñas mientras me decían sus oraciones en inglés: a aquellas pequeñas católicas se les permitía recitar sobre mis rodillas el Padrenuestro y el himno que empieza con las palabras «Dulce Jesús». Y cuando las había acostado, madame me hablaba (no tardé en aprender suficiente francés para entenderla, e incluso para contestarla) de Inglaterra y de las mujeres inglesas, y de las razones por las que le complacía admitir que eran más inteligentes y de una probidad más auténtica y fiable. Con frecuencia demostraba mucho sentido común, y expresaba opiniones muy sensatas: parecía saber que mantener a las alumnas en un celoso encierro, en una ignorancia ciega y bajo una vigilancia que no les permitía un solo instante de intimidad, no era el mejor modo de convertirlas en mujeres honradas y modestas, pero aseguraba que las consecuencias serían desastrosas si se intentaba cualquier otro método con las jóvenes del Continente: estaban tan acostumbradas a la represión que una educación más relajada, por cautelosa que fuera, sería interpretada mal y conduciría a abusos funestos; estaba cansada, afirmaba, de los medios de los que había de valerse, pero eran necesarios; y después de hablarme, a menudo con dignidad y delicadeza, se marchaba con sus souliers de silence[34] y se deslizaba por la casa como un fantasma, observando y espiando por todas partes, mirando por el ojo de las cerraduras, escuchando detrás de las puertas.


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