Villette
Villette Al ver que aquella historia duraba más de lo que yo habÃa previsto, dado su carácter veleidoso, decidà preguntarle seriamente si ese caballero contarÃa con el beneplácito de sus padres, y especialmente de su tÃo, de quien ella, al parecer, dependÃa. La joven reconoció que tenÃa sus dudas, pues no creÃa que «Isidore» fuera rico.
—¿Y sigue usted alentándolo? —inquirÃ.
—Furieusement, a veces —repuso.
—¿Sin tener la certeza de que le dejarán casarse con él?
—¡Oh, qué aburrida es usted! No quiero casarme. Soy demasiado joven.
—Pero si él la ama tanto como dice, y todo termina en nada, sufrirá mucho.
—Por supuesto que se le romperá el corazón. Me sorprenderÃa y me decepcionarÃa que no fuera asÃ.
—Me gustarÃa saber si ese señor Isidore está loco —dije.
—SÃ, está loco por mÃ; pero en otras cuestiones es muy sensato, à ce qu’on dit[52]. La señorita Cholmondeley lo considera extraordinariamente inteligente, y está convencida de que se abrirá camino gracias a su talento; sólo sé que no hace más que suspirar en mi presencia, y que puedo manejarlo con el dedo meñique.