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Los estudios de la señorita Ginevra eran poco más que nominales; sólo había tres cosas que practicaba con seriedad, a saber, música, canto y baile; también bordaba los delicados pañuelos de batista que no podía permitirse comprar. En cuanto a nimiedades como los deberes de historia, geografía, gramática y aritmética, los dejaba sin hacer o conseguía que otros se los hicieran. Pasaba mucho tiempo visitando a sus amistades. Madame sabía que su estancia en el colegio se limitaría a un período determinado que no se prolongaría hiciera o no progresos, de modo que, en ese sentido, le permitía una gran libertad. La señora Cholmondeley, su chaperon[54], una dama elegante y jovial, requería su presencia siempre que tenía invitados, y a veces la llevaba consigo a las fiestas de sus conocidos. A Ginevra le encantaba este modo de proceder; sólo veía en él un inconveniente: se veía obligada a vestir con elegancia y no tenía dinero para comprar tantas prendas. Este problema parecía ocupar todos sus pensamientos; y ella se afanaba por encontrar el mejor modo de solucionarlo. Era asombroso presenciar la actividad de su cerebro, tan indolente para otras cosas, y ver cómo la necesidad y el deseo de brillar la empujaban a exhibir un audaz atrevimiento.

Tenía el descaro de aprovecharse de la señora Cholmondeley… el descaro, he dicho. En lugar de avergonzarse, le hablaba en este tono:


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