Villette
Villette Tal vez no fuera asunto mÃo observar su misteriosa conducta, ni tratar de descubrir su origen o su finalidad; pero, dada mi situación, difÃcilmente podÃa evitarlo. Él se exponÃa a mi observación, concediendo a mi presencia en el cuarto el mismo grado de atención e importancia que suelen esperar las personas con mi aspecto: es decir, el que se concede a los muebles discretos, a las modestas sillas de carpintero y a las alfombras sencillas. Con frecuencia, mientras esperaba a madame, se quedaba pensativo, sonreÃa, miraba o escuchaba como si creyera estar a solas. Yo me devanaba los sesos, entretanto, para descifrar la expresión de su semblante y sus movimientos, y me preguntaba el significado de aquel apego e interés tan peculiares —mezclados con la duda y la extrañeza, e inexplicablemente dominados por algún fuerte hechizo— que lo ligaban a aquella especie de convento, aislado en el corazón de una gran ciudad. No creo que él recordara jamás que yo tenÃa ojos en la cara; y mucho menos un cerebro tras ellos.