Villette
Villette Tampoco creo que lo hubiera descubierto, de no ser porque un dÃa, mientras estaba sentado al sol y yo contemplaba el color de sus cabellos, su bigote y su rostro —de esa tonalidad que una luz viva realza peligrosamente (de hecho, recuerdo que comparé su resplandeciente cabeza con la «estatua de oro» que erigió el rey Nabucodonosor)—, una idea nueva, repentina y sorprendente prendió en mà con una fuerza abrumadora. Ni siquiera hoy sé cómo le miré —la profunda sorpresa, y también la convicción, me hicieron olvidar los buenos modales—, y sólo recobré la plena conciencia cuando vi que yo también habÃa atraÃdo su atención; el doctor John habÃa captado mi movimiento en un pequeño espejo oval que habÃa en un lado del asiento de la ventana, y que madame utilizaba para espiar secretamente a las personas que paseaban por el jardÃn. Aunque era de temperamento alegre y optimista, no carecÃa de cierta sensibilidad nerviosa que le impedÃa sentirse a gusto bajo una mirada directa, inquisitiva. Al sorprender la mÃa, se volvió y me dijo en un tono que, a pesar de ser cortés, era tan seco que manifestaba cierto fastidio, además de dar a sus palabras un aire de reprimenda:
—Mademoiselle no deja de mirarme: no soy tan vanidoso para pensar que son mis méritos los que atraen su atención; debe de ser algún defecto. No sé si atreverme a preguntar… cuál.