Villette
Villette Me quedé desconcertada, como el lector puede suponer, pero no tardé en recuperarme de la confusión, consciente de que lo que habÃa motivado aquel reproche no era un sentimiento de imprudente admiración, ni un espÃritu de injustificable curiosidad por mi parte. PodrÃa haber probado mi inocencia allà mismo, pero no quise. Guardé silencio. No tenÃa la costumbre de hablar con él. Dejando, pues, que pensara lo que quisiera y que me acusara de lo que le viniese en gana, reanudé la labor que habÃa dejado y no levanté la vista de ella hasta que el doctor John salió de la habitación. Existe un malsano estado de ánimo que, en vez de irritarse, se apacigua con las interpretaciones erróneas; y en los ámbitos en que jamás pueden llegar a conocernos bien, creo que nos agrada ser totalmente ignorados. ¿Que hombre respetable, al ser confundido con un ladrón, no se siente más divertido que enojado?