Villette
Villette Un dÃa Georgette amaneció con más fiebre y, por ese motivo, estaba muy irritable; lloraba sin cesar y no habÃa manera de calmarla. Pensé que no le habÃa sentado bien cierto medicamento, y dudé de la conveniencia de seguir administrándoselo; aguardé con impaciencia la llegada del médico para consultarlo.
Sonó la campanilla de la puerta, y el doctor John entró; lo supe con seguridad, pues le oà hablar con la portera. Él tenÃa la costumbre de venir directamente al cuarto de las niñas, subiendo los escalones de tres en tres y apareciendo ante nosotras como una agradable sorpresa. Pasaron cinco minutos… diez… y ni lo vi ni le oÃ. ¿Qué podÃa estar haciendo? Tal vez esperaba abajo, en el pasillo. La pequeña Georgette seguÃa quejándose desconsolada:
—¡Minnie, Minnie, estoy muy malita! —decÃa, dándome el apelativo cariñoso que le gustaba.