Villette

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Me dio tanta pena que bajé a investigar por qué el médico no subía. El pasillo estaba vacío. ¿Dónde se había metido? ¿Estaría con madame en la salle à manger? Imposible: yo la había dejado poco antes vistiéndose en su habitación. Escuché. Tres alumnas practicaban el piano en tres estancias contiguas, el comedor y las salas grande y pequeña, sólo separadas del pasillo por el cuartito de la portera, que daba a los salones y en un principio estaba destinado a tocador. Más allá, en el oratorio, junto a un cuarto instrumento, más de una docena de alumnas estaban dando clase de canto, y en ese preciso momento entonaban una barcarolle (creo que así se llamaba), de la que aún recuerdo estas palabras: fraîchë brisë y Venisë[78]. En tales circunstancias, ¿qué podía oír? Mucho, desde luego; si hubiera servido de algo.

Sí; oí una risa aguda y alocada en el cuartito de la portera, cerca de cuya puerta me encontraba… y me di cuenta de que ésta se hallaba entornada; una voz de hombre, apagada, grave, implorante, pronunció unas palabras, de las que sólo entendí la súplica: «¡Por el amor de Dios!». Unos instantes después, salió el doctor John con los ojos brillantes, pero no de alegría ni de triunfo; sus pálidas mejillas de inglés estaban sonrojadas, y tenía una expresión perpleja, atormentada, inquieta y, sin embargo, muy tierna.


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