Villette
Villette Me sorprendí a mí misma sonriendo… sonriendo por culpa de madame, mientras seguía despierta en la cama, dando vueltas a lo ocurrido. La unción, la dulzura de su proceder, eran una prueba segura, para quienes la conocían, de que su cerebro abrigaba alguna sospecha. Desde alguna rendija o puesto de observación, a través de un hueco entre ramas o de una ventana abierta, no hay duda de que había vislumbrado, a mayor o menor distancia, de manera engañosa o instructiva, los tejemanejes de aquella noche. Con su talento para el arte de la vigilancia, era casi imposible que alguien arrojara un cofrecillo en su jardín, o que un intruso atravesara sus senderos para buscarlo, sin que ella, al agitarse una rama, deslizarse una sombra, oírse una extraña pisada o un tenue murmullo (aunque el doctor John había hablado conmigo muy poco y en voz baja, tuve la impresión de que su voz masculina invadía el jardín del convento), sin que ella, como decía, se percatara de las cosas extraordinarias que ocurrían en su establecimiento. Es posible que no pudiera ver cuáles eran esas cosas, o que fuera incapaz de descubrirlas en aquel momento; pero ¡qué tentación para ella desentrañar ese pequeño y delicioso enredo! Y en medio de él, rodeada de infinidad de telarañas, ¿acaso no se había asegurado de que la señorita Lucie se viera torpemente involucrada como la necia mosca que era?