Villette
Villette Villette tiene un clima tan variable, aunque no tan húmedo, como el de cualquier ciudad inglesa. Una noche de fuerte viento sucedió a aquel suave atardecer, y, durante todo el día siguiente, se abatió sobre nosotros una tormenta seca: oscura, cargada de nubes, pero sin lluvia. La arena y el polvo ensombrecían las calles, y llegaban formando remolinos desde los bulevares. No sé si un tiempo mejor me hubiera animado a pasar la hora vespertina de estudio y esparcimiento en el mismo lugar que el día anterior. Mi sendero y, en realidad, todos los caminos y arbustos del jardín habían adquirido un interés nuevo, aunque poco agradable; su aislamiento se había vuelto precario; su calma, insegura. La ventana desde la que llovían cartas de amor había degradado el antaño querido rincón que dominaba; y en el resto del jardín, los ojos de las flores habían aprendido a ver, y los nudos de los troncos escuchaban como oídos secretos. El doctor John, en su búsqueda y en su alocada huida, había pisoteado algunas plantas que yo deseaba enderezar, cuidar y revivir; había dejado también algunas huellas en los arriates: pero, a pesar del fuerte viento, encontré muy pronto un momento libre para borrar su paso por el jardín, antes de que otros ojos lo descubrieran. Con una especie de alegría contenida, me senté en mi pupitre a estudiar alemán, mientras las alumnas aprendían las lecciones de la tarde y las demás profesoras cogían sus labores.