Villette
Villette Madame Beck conocÃa a la perfección el carácter de aquella mujer. En una ocasión me habló de ella, con una extraña mezcla de perspicacia, indiferencia y antipatÃa. Le pregunté por qué no la echaba. Me dijo sin rodeos que «porque no convenÃa a sus intereses»; y señaló algo que yo ya habÃa advertido, a saber, que mademoiselle St Pierre no tenÃa rival a la hora de mantener el orden entre las filas de sus indisciplinadas alumnas. Era como si su presencia paralizara a los demás: sin exaltación, ruido ni violencia, contenÃa a aquellas jovencitas como el aire helado detiene un impetuoso arroyo. Apenas servÃa para transmitir conocimientos, pero no tenÃa precio para vigilar e imponer una disciplina.
—Je sais bien qu’elle n’a pas de principes, ni, peut-être, de moeurs —admitió madame con franqueza; pero añadió con filosofÃa—: son maintien en classe est toujours convenable et rempli même d’une certaine dignité: c’est tout ce qu’il faut. Ni les élèves, ni les parents ne regardent plus loin; ni, par conséquent, moi non plus[106].