Villette

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La parisina, por otra parte, era derrochadora y libertina (no sé sus actos, pero sus palabras así lo evidenciaban). Mostraba su verdadera naturaleza con mucha cautela. Parecía una extraña clase de reptil, aunque sólo me enseñó una vez su cabeza de serpiente, según pude ver, escudriñándome; aquello despertó mi curiosidad: si ella lo hubiese hecho descaradamente, es muy posible que yo, adoptando una postura filosófica, hubiera contemplado impasible su larga silueta, desde la lengua bífida hasta la punta escamosa de la cola; pero sólo pareció deslizarse entre las páginas de una mala novela; y, al encontrarse con un inoportuno arrebato de ira, retrocedió y desapareció, siseando. Me odió desde ese día.

Aquella parisina estaba siempre endeudada; gastaba su sueldo antes de cobrarlo, no sólo en vestidos, sino en perfumes, cosméticos, golosinas y condimentos. ¡Qué mujer tan sibarita, fría e insensible! Es como si la estuviera viendo. Delgada de figura y semblante, con la tez cetrina, facciones regulares, dientes perfectos, labios finos como un hilo, barbilla grande y prominente, y ojos grandes pero gélidos, con una expresión ávida e ingrata al mismo tiempo. Odiaba mortalmente trabajar, y vivía fascinada por lo que ella consideraba placer; que sólo era una pérdida de tiempo insulsa, cruel y estúpida.


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