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Capítulo XIV   - La fête

Tan pronto como Georgette estuvo recuperada, madame la envió al campo. Yo lo lamenté; quería a la niña, y su pérdida me entristeció aún más. Pero no debo quejarme. Vivía en una casa llena de vida; podía haber tenido compañía y elegí la soledad. Todas las profesoras trataron en algún momento de intimar conmigo; yo las puse a prueba. Una resultó ser una mujer honrada, pero estrecha de miras, egoísta y de sentimientos vulgares. La segunda era una parisina, aparentemente refinada, pero de corazón corrompido, sin creencias, principios ni sentimientos: bajo la respetable corteza de su naturaleza, había un cenagal. Sentía verdadera pasión por los regalos; y, en ese aspecto, la tercera profesora —una persona insignificante y sin carácter— se parecía mucho a ella. Esta última tenía también otro rasgo distintivo: la avaricia. El amor al dinero por el dinero la dominaba. Ante la visión de una moneda de oro, sus ojos despedían un fulgor verde, digno de verse. En una ocasión, como si fuera un enorme privilegio, me llevó al piso de arriba y, abriendo un cajón secreto, me enseñó el tesoro que tenía escondido: un montón de piezas, grandes y pesadas… unas quince guineas, en monedas de cinco francos. Amaba aquel tesoro como un pájaro ama sus huevos. Eran sus ahorros. Se acercaba a hablarme de ellos con una devoción tenaz y delirante, insólita en una persona que aún no había cumplido veinticinco años.


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