Villette
Villette En aquel instante, el pestillo de la habitación de madame Beck (contigua al cuarto de las niñas) dio un leve chasquido, como si hubiera temblado la mano que lo sostenía; oímos el estallido de un estornudo incontenible. Estos pequeños accidentes ocurren en las mejores familias. Madame, ¡excelente mujer!, estaba de guardia. Había regresado a casa sigilosamente, había subido las escaleras de puntillas; estaba en su dormitorio. De no haber estornudado, lo habría oído todo, y yo también; pero aquel funesto estornudo alertó al doctor John, que, lleno de perplejidad, la vio entrar en la habitación, alerta, serena, con el mejor y, sin embargo, más tranquilo de los ánimos: quien no estuviera familiarizado con sus hábitos habría creído que acababa de volver, y habría desechado la idea de que llevara con el oído pegado al ojo de la cerradura los últimos diez minutos como mínimo. Fingió estornudar de nuevo, declaró que estaba enrhumée[105] y empezó a explicarnos con locuacidad sus courses en fiacre. Sonó la campanilla que llamaba a la oración, y la dejé a solas con el médico.