Villette
Villette Y repasé mentalmente la lista de nuestras alumnas internas, buscando aquel dechado de virtudes, aquella valiosa perla, aquella gema perfecta.
«Tiene que ser madame —decid×. Es la única de todas nosotras que posee el arte de parecer superior; aunque el doctor John no deberÃa inquietarse por su inocencia y su candor. Pero él tiene esa fantasÃa y no seré yo quién le contradiga; le seguiré la corriente: su ángel será un ángel».
—Sólo dÃgame a quién debo proteger —continué con gravedad; riéndome, sin embargo, en mi fuero interno ante la perspectiva de convertirme en la carabina de madame Beck o de alguna de sus alumnas.
El doctor John era un hombre sensible y comprendió, de forma instintiva, lo que una imaginación menos sagaz jamás habrÃa percibido; a saber: que todo aquello me hacÃa cierta gracia. Se sonrojó; con una media sonrisa, se volvió y cogió su sombrero para marcharse. Me remordió la conciencia.
—Le ayudaré, le ayudaré —prometà impetuosa—. Haré lo que desea. Vigilaré a su ángel. La cuidaré; sólo dÃgame su nombre.
—Pero tiene que saberlo —replicó él con vehemencia, pero en voz muy baja—. ¡Es tan pura, tan buena, tan increÃblemente hermosa! Es imposible que existan dos mujeres como ella en la misma casa. Me refiero, por supuesto, a…