Villette
Villette Y entonces, sin duda por primera vez, examinó mi rostro, deseoso de ver en él una expresión amable que le asegurara que podÃa encomendar a mi cuidado e indulgencia a una criatura etérea, contra la que conspiraban oscuros poderes. Yo no sentÃa especial vocación por vigilar a criaturas etéreas, pero, recordando mi llegada a Villette, pensé que debÃa un favor al doctor John: si podÃa ayudarle, lo harÃa, y no me tocaba a mà decidir cómo. Con la menor reticencia posible, le di a entender que «estaba dispuesta a hacer cuanto pudiera por cualquier persona en la que él estuviera interesado».
—Mi interés es el de un mero espectador —señaló él, con una modestia que me pareció admirable presenciar—. Conozco casualmente el carácter más bien despreciable del individuo que, desde la casa de enfrente, ha invadido en dos ocasiones este santuario; también he conocido en sociedad a la persona a quien van destinadas tan vulgares tentativas. Su exquisita superioridad y su refinamiento innato deberÃan rechazar cualquier impertinencia. Sin embargo, no es asÃ; y, siendo tan inocente y confiada, me gustarÃa, de ser posible, protegerla de todo mal. Pero no puedo hacer nada personalmente, ni siquiera acercarme a ella —concluyó.
—De acuerdo, estoy dispuesta a ayudarle —dije—, siempre que me explique cómo.