Villette
Villette Llegó el gran día. Brillaba el sol, y el cielo estuvo despejado hasta el atardecer. Se abrieron todas las puertas y ventanas, lo que proporcionaba una agradable sensación de libertad veraniega; y lo cierto es que la más completa libertad parecía estar a la orden del día. Profesoras y alumnas bajaron a desayunar en bata y papillotes[112]: disfrutando de antemano avec délices de la toilette de la tarde, parecían recrearse aquella mañana en el lujo del desaliño, de igual modo que los regidores ayunan antes de un banquete. Hacia las nueve de la mañana, llegó un importante funcionario, el coiffeur[113]. Cometiendo un sacrilegio, estableció su cuartel general en el oratorio, y allí, en presencia de bénitier[114], cirios y crucifijo, solemnizó los misterios de su arte. No hubo una sola joven que no pasara por sus manos; y emergían de ellas con la cabeza tan suave como una concha, cruzada por primorosas líneas blancas y engalanada con hermosas trenzas griegas que brillaban como si estuvieran lacadas. Me llegó el turno, como a las demás, y no daba crédito a mis ojos cuando, al terminar, me miré en el espejo en busca de información; la profusión de cabellos castaños trenzados como guirnaldas me dejó boquiabierta… temí que no fueran todos míos, y tuve que darme varios tirones para cerciorarme de lo contrario. Entonces reconocí en aquel coiffeur a un artista de primer orden, alguien que sacaba el máximo partido del material más mediocre.