Villette

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Al contemplar aquella masa nívea y diáfana, recuerdo que me sentí como una pequeña sombra en un campo de luz. Me faltaba valor para ponerme un vestido blanco: debía llevar algo ligero, hacía demasiado calor para soportar tejidos gruesos, así que había visitado una docena de tiendas hasta dar con una tela parecida al crepé de color gris rosáceo, el color, en suma, de la triste niebla en un brezal florido. Mi tailleuse[115] había intentado hacerlo lo más bonito posible; ya que, como señaló juiciosamente, era «si tristesi peu voyant[116]» que resultaba imperativo seguir la moda: fue una suerte que pensara así, pues yo no tenía ni flores ni joyas para animarlo; y, lo que era peor, tampoco tenía una tez sonrosada.

Olvidamos esas deficiencias en medio de la monótona rutina del trabajo cotidiano, pero aparecen ante nosotros con toda su crudeza en las brillantes ocasiones en que la belleza debería resplandecer.







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