Villette
Villette —Muy bien.
—Y ¿qué daría usted por ser yo? —inquirió.
—Por extraño que parezca, ni una moneda falsa de seis peniques. Sólo es usted una pobre criatura.
—En el fondo de su corazón no cree en esas palabras.
—No; pues en el fondo de mi corazón no tiene usted cabida: sólo pasa por mi imaginación de vez en cuando.
—¡Ya! Pero fíjese en la diferencia de nuestras posiciones —dijo en tono de protesta—, y vea lo feliz que soy yo y lo desgraciada que es usted.
—Continúe; la escucho.
—En primer lugar, soy la hija de un caballero de buena familia y, aunque mi padre no es rico, heredaré de un tío. Además, tengo sólo dieciocho años, la mejor edad posible. He tenido una educación continental y, aunque no sé ortografía, tengo muchas cualidades. Soy hermosa; no lo negará; puedo tener todos los admiradores que desee. Esta misma noche he roto el corazón a dos caballeros y, si estoy de tan buen humor, es por la mirada suplicante que acaba de lanzarme uno de ellos. Me encanta verlos enrojecer y palidecer, y fruncir el ceño e intercambiarse miradas desafiantes cuando no me contemplan lánguidamente. Ésa soy yo… dichosa de mí; y ahora le toca a usted, ¡pobrecilla!