Villette
Villette —Como siempre —respond×; ridÃculamente vanidosa.
—¡Qué criatura tan mordaz! Jamás me dedica una palabra amable; pero, a pesar de usted, y de otros detractores envidiosos, sé que soy hermosa: lo siento, lo veo… pues hay un gran espejo en el vestuario, donde puedo verme de pies a cabeza. ¿Quiere venir ahora mismo conmigo para que nos miremos las dos?
—SÃ, señorita Fanshawe: complaceré todos sus caprichos.
El vestuario estaba muy cerca, y entramos en él. Ginevra me cogió del brazo y me condujo ante el espejo. Sin resistencia, protestas ni comentarios, me quedé allÃ, dejando que su vanidad disfrutara del triunfo: tenÃa curiosidad por ver si ésta tendrÃa lÃmite… si llegarÃa a saciarse… si un susurro de consideración hacia los demás podrÃa penetrar en su corazón y mitigar su alegrÃa jactanciosa.
En absoluto. Me obligó a dar una vuelta y ella dio otra; nos examinó a las dos desde todos los ángulos; sonrió, agitó sus rizos, se ajustó el lazo de la cintura, se alisó el vestido y, finalmente, soltando mi brazo y simulando respeto, me hizo una reverencia y exclamó:
—No me cambiarÃa con usted por nada del mundo.
El comentario era demasiado naïf para despertar mi ira; me limité a responder: