Villette

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Observé que al principio dejaban pasear al doctor John libremente por las clases: tenía un aire responsable y varonil que lo redimía de su juventud, y expiaba a medias su atractivo; pero, en cuanto empezó el baile, madame corrió a su encuentro.

—Venga conmigo, Lobo —exclamó entre risas—. Lleva usted piel de cordero, pero debe abandonar el redil. Venga conmigo; allí, en el carré, tengo una bonita colección de veinte animales salvajes: déjeme llevarle con ellos.

—Pero antes permítame bailar una sola vez con la alumna que yo elija.

—¿Cómo tiene el descaro de pedírmelo? Es una locura, una irreverencia. Sortez, sortez, et au plus vite[134].

Lo condujo por delante de ella hasta los otros jóvenes, y no tardó en tenerlo tras la línea divisoria.

Supongo que Ginevra se cansó de bailar, pues vino a buscarme a mi refugio. Se desplomó en un banco a mi lado, y (una muestra de cariño de la que yo habría podido prescindir) rodeó mi cuello con sus brazos.

—¡Lucy Snowe! ¡Lucy Snowe! —exclamó con una voz entre llorosa e histérica.

—Pero ¿qué le ocurre? —pregunté secamente.

—¿Cómo me encuentra… cómo me encuentra esta noche? —quiso saber.


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