Villette

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Madame sabía algo del mundo; madame conocía bien la naturaleza humana. No creo que ninguna otra directora de Villette se hubiera atrevido a admitir a un jeune homme entre los muros de su colegio; pero madame sabía que, al permitirlo, en una ocasión así, asestaba un golpe audaz y conseguía un triunfo.

En primer lugar, los padres eran cómplices del hecho, pues sólo podía hacerse con su mediación. En segundo lugar, la admisión de esas serpientes de cascabel, tan fascinantes y peligrosas, servía para que madame interpretara precisamente su mejor papel: el de una surveillante de primera categoría. En tercer lugar, su presencia proporcionaba un ingrediente de lo más picante al entretenimiento: las alumnas lo sabían, y lo veían, y la visión de aquellas manzanas doradas brillando en la lejanía las animaba como ninguna otra circunstancia. El placer de las hijas se contagiaba a los padres; vida y alegría circulaban velozmente por el salón de baile; los jeunes gens, aunque refrenados, se divertían: pues madame jamás les permitía aburrirse. De ese modo, la fête anual de madame Beck tenía asegurado un éxito desconocido en las fêtes de cualquier otra directora del país.




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