Villette
Villette —¡El conde coronel! —repet×. ¡El muñeco… el tÃtere… el hombrecillo… esa pobre criatura inferior! Un mero lacayo del doctor John: ¡su ayuda de cámara, su criado! ¿Es posible que ese distinguido y generoso caballero —apuesto como un Adonis— le ofrezca su respetable mano y su noble corazón, y prometa proteger su frágil persona y su insensato espÃritu de las tormentas y dificultades de la vida… y usted no lo acepte… lo desprecie, le hiera y lo atormente? ¿Tiene poder para hacerlo? ¿Quién se lo ha dado? ¿Y dónde reside? ¿En su belleza… en su cutis blanco y sonrosado y en sus cabellos rubios? ¿Es eso lo que encadena el alma del doctor y le hace arrastrarse a sus pies y someterse a su yugo? ¿Es eso lo que conquista su afecto, su ternura, sus pensamientos, sus esperanzas, su interés, su amor sincero y profundo? ¿Y usted lo rechaza? ¿Lo menosprecia? Debe de estar fingiendo: no habla en serio; usted lo ama; lo desea; pero juega con su corazón para asegurarse de que es realmente suyo…
—¡Bah! ¡Habla demasiado! No he entendido la mitad de sus palabras.
Antes de eso, la habÃa conducido al jardÃn. Le hice sentarse y le aseguré que no la dejarÃa moverse de allà hasta que me confesara a cuál de sus dos pretendientes pensaba finalmente aceptar… al hombre o al mono.