Villette
Villette El señor Home se quedó dos días con nosotros. Durante su estancia, nadie pudo convencerle para que saliera de la casa; se pasaba el día sentado junto a la chimenea, unas veces en silencio, otras escuchando y respondiendo a la conversación de la señora Bretton, que era la más indicada para un hombre en su melancólico estado de ánimo: ni demasiado compasiva, ni demasiado indiferente; juiciosa, e incluso con un toque maternal, que la diferencia de edad permitía.
En cuanto a Paulina, la niña estaba a la vez alegre y silenciosa, ocupada y muy atenta. Su padre la sentaba con frecuencia sobre sus rodillas; ella se quedaba allí hasta que percibía o imaginaba su fatiga; entonces le decía:
—Bájame, papá; peso mucho y vas a cansarte.
Y aquella abrumadora carga se deslizaba hasta la alfombra y se sentaba en ella o en un escabel a los pies de «papá», y aparecía en escena el costurero blanco y el pañuelo moteado de escarlata. Al parecer, aquel pañuelo pretendía ser un recuerdo para «papá» y debía terminarse antes de su partida; en consecuencia, exigía un riguroso esfuerzo por parte de la costurera (que tardaba media hora en dar unas veinte puntadas).
