Villette

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Me equivoco. Lo hizo una vez, pero lleno de furia. Cansado de mi insistencia trajo consigo un sueño vengador. Según el reloj de St Jean Baptiste, apenas duró quince minutos; un breve intervalo de tiempo, pero suficiente para retorcer todo mi cuerpo con una angustia desconocida; y para brindarme una experiencia indescriptible con el aspecto, el semblante, el terror, el tono mismo de una aparición de la eternidad. Entre las doce y la una de aquella noche, mis labios se vieron obligados a beber de una copa en la que bullía un líquido negro, fuerte, extraño, que no se había llenado en ningún pozo sino en un mar ilimitado e insondable. El sufrimiento conformado a una medida temporal o calculable, y destinado a unos labios mortales, no tiene el mismo sabor que aquel sufrimiento. Al despertarme, pensé que todo había terminado: el final se acercó y pasó de largo. Temblando de miedo —a medida que recobraba la conciencia—, dispuesta a gritar pidiendo ayuda a alguno de mis semejantes, aunque sabía que ninguno de ellos estaba lo bastante cerca para escuchar mi enloquecida llamada —Goton no podía oírme desde su lejano desván—, me arrodillé en la cama. Pasé unas horas terribles: mi alma, desgarrada, atormentada, oprimida, soportó lo indecible. De todos los horrores de aquella noche, creo que aquél fue el peor. Tenía la sensación de que mis familiares muertos, que tanto me habían querido en vida, me miraban desde otro lugar, distanciados de mí: un sentimiento indescriptible de desesperación ante el futuro atenazaba mi espíritu. No tenía ningún motivo para curarme o desear vivir; y, sin embargo, ¡qué insoportable resultó ser la altiva y despiadada voz con que la Muerte me desafió a entablar combate con sus desconocidos terrores! Cuando intenté rezar, sólo logré articular estas palabras:


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