Villette
Villette Lo cierto es que no habÃa forma de conservar la salud en aquellas circunstancias. Finalmente, tras un dÃa y una noche del más amargo de los abatimientos, sentà un profundo malestar fÃsico que me obligó a guardar cama. Por aquel entonces terminó el veranillo de San Miguel y empezaron las tormentas del equinoccio; durante nueve dÃas oscuros y lluviosos, en los que las Horas transcurrieron a gran velocidad, turbulentas, sordas, alborotadas —aturdidas por el fragor del huracán—, yacà sumida en un extraño estado febril de los nervios y de la sangre. El sueño me abandonó. SolÃa levantarme por la noche, buscándolo, y le suplicaba desesperadamente que volviera. Tan sólo me respondÃa un crujido en la ventana, el silbido de una ráfaga… ¡el sueño nunca regresaba!