Villette
Villette Pero todo eso no significaba nada; yo también sentía el sol del otoño y contemplaba su luna llena, y casi deseaba verme cubierta de tierra y de hierba, muy lejos de su influencia, pues no podía vivir bajo su luz, ni convertirlos en mis compañeros, ni prodigarles afecto. Pero una especie de espíritu acompañaba siempre a Ginevra, investido de poder para darle fuerzas y ofrecerle consuelo, para alegrar el día y embalsamar la oscuridad; el mejor de los genios buenos que protegen a la humanidad la amparaba con sus alas y formaba un dosel sobre su cabeza. El Amor Verdadero seguía a Ginevra: nunca estaría sola. ¿Era ella insensible a su presencia? Me parecía imposible: no podía comprender esa apatía. La imaginaba agradecida en secreto, amando ahora con reserva, pero decidida a enseñar algún día el alcance de su amor: veía a su fiel héroe, consciente a medias de su tímido cariño, consolado por esa idea; adivinaba un vínculo electrizante de afinidad entre ellos, una cadena muy fina de entendimiento mutuo, capaz de unirlos aunque les separaran cien leguas, llevando por montículos y hondonadas sus oraciones y sus deseos. Ginevra fue convirtiéndose poco a poco para mí en una especie de heroína. Cierto día, al darme cuenta de esa creciente ilusión, me dije: «Creo que tengo los nervios muy alterados: mi mente ha sufrido demasiado; una enfermedad se está apoderando de ella. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo voy a conservar la salud?».