Villette
Villette Cuando la crétine se marchó, recuperé mi libertad para salir de la casa. Al principio me faltó valor para aventurarme lejos de la rue Fossette, pero poco a poco llegué a las puertas de la ciudad, y las franqueé, y seguí vagando por las chaussées, y a través de los campos, más allá de los cementerios, católico y protestante, y de las granjas, hasta alcanzar bosquecillos y senderos, y no sé qué otros lugares. Sentía que algo me aguijoneaba, una especie de fiebre me impedía descansar; el anhelo de compañía despertaba en mi alma un hambre acuciante. A menudo paseaba durante toda la jornada, desde el ardiente mediodía hasta la árida tarde o el sombrío anochecer, y regresaba cuando salía la luna.
Mientras vagaba en soledad, a veces imaginaba lo que estarían haciendo en aquellos momentos mis conocidos. Veía a madame Beck en un alegre lugar de la costa, con sus hijas, su madre y un grupo de amigos que habían elegido el mismo escenario para divertirse. Zélie St Pierre estaba en París con sus familiares; las demás profesoras, en sus hogares. Ginevra Fanshawe había ido con unos parientes a hacer un agradable viaje por el sur. Ginevra me parecía la más feliz de todas. Recorría hermosos parajes; el sol de septiembre resplandecía para ella sobre fértiles llanuras, donde las cosechas maduraban bajo sus suaves rayos. La luna dorada y cristalina se elevaba ante sus ojos sobre horizontes azules que seguían ondulantes las siluetas de las montañas.