Villette

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Fue un alivio que la tía de la crétine, una bondadosa anciana, viniera un día y se llevase a mi extraña y deforme compañera. La infortunada criatura había sido a veces una pesada carga; no podía salir del jardín, y no podía dejarla ni un minuto sola; pues su pobre espíritu era tan imperfecto como su cuerpo: tenía predisposición al mal. Una vaga inclinación a hacer daño, una arbitraria hostilidad, hacían indispensable una vigilancia continua. Como apenas hablaba, y se pasaba las horas muertas con la mirada perdida, gesticulando y haciendo las muecas más horribles, yo no tenía la sensación de vivir con otro ser humano sino de hallarme prisionera con un animal salvaje. Además, necesitaba de unos cuidados personales que requerían el coraje de una enfermera; a veces se ponía hasta tal punto a prueba mi determinación que sentía náuseas. Esas tareas no deberían haber recaído en mí; una criada, ahora ausente, las había desempeñado hasta entonces, pero, con las prisas de las vacaciones, habían olvidado buscarle una sustituta. Aquella carga, aquella prueba fueron de las más duras que he conocido en mi vida. Y, sin embargo, por fastidiosas y degradantes que fueran, mi sufrimiento mental era mucho más devastador. El cuidado de la crétine me privaba a menudo de la fuerza y del deseo de comer, y me empujaba a salir al aire libre, desfallecida, para acercarme al pozo o a la fuente del patio; pero ese deber jamás me rompió el corazón, ni anegó mis ojos en llanto, ni quemó mis mejillas con lágrimas tan ardientes como el metal fundido.


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