Villette
Villette Una tarde —y no deliraba: estaba en mi sano juicio— me levanté y me vestÃ, débil y temblorosa. Era incapaz de soportar por más tiempo la soledad y el silencio del gran dormitorio; las espectrales camas blancas se me antojaban fantasmas, sus cabeceras parecÃan gigantescas calaveras descoloridas por el sol; sueños pasados de un mundo más antiguo y de una raza más poderosa yacÃan inmóviles en las enormes cuencas de sus ojos. Aquella tarde se apoderó con más fuerza que nunca de mi alma la convicción de que el Destino era de piedra y la Esperanza, un falso Ãdolo, ciego, sin sangre en las venas y con un corazón de granito. SentÃ, asimismo, que la prueba que Dios me habÃa impuesto estaba acercándose a su clÃmax, y que era yo quien debÃa enfrentarme a ella con mis propias manos, por muy débiles, ardientes y temblorosas que fueran. SeguÃa lloviendo y el viento soplaba con fuerza; pero con mayor clemencia, pensé, que el resto del dÃa. Empezó a caer la noche, y su influencia me pareció perniciosa; a través de la celosÃa, vi llegar las nubes nocturnas que se arrastraban a escasa altura como estandartes caÃdos. Pensé que en aquellos momentos habÃa tristeza y amor en el Cielo por todo el dolor que se padecÃa en la tierra; el peso de mi terrible sueño se aligeró —aquella insoportable idea de no ser querida, de no pertenecer a nadie, cedió un poco ante la esperanza de lo contrario—, tenÃa el convencimiento de que esta esperanza brillarÃa con más intensidad si abandonaba aquel techo, que me aplastaba como la lápida de una sepultura, y me dirigÃa a alguna apacible colina, muy alejada de la ciudad, en medio del campo. Envuelta en una capa (no podÃa estar delirando, pues tuve el buen juicio de abrigarme), salà a la calle. Las campanas de una iglesia me detuvieron al pasar; parecÃan llamarme al salut, y decidà entrar. En aquellos momentos, cualquier rito solemne, cualquier espectáculo de adoración sincera, cualquier oportunidad de acercarme a Dios eran tan vitales para mà como un mendrugo de pan para un hambriento. Me arrodillé con los demás sobre el empedrado. Era una iglesia vieja y majestuosa, sumida en una penumbra que la luz de las vidrieras volvÃa purpúrea y no dorada.