Villette
Villette Había muy pocos feligreses y, terminado el salut, la mitad de ellos se marcharon. No tardé en descubrir que los demás se quedaban para confesarse. No me moví. Todas las puertas de la iglesia se cerraron con cuidado; reinó un sagrado silencio, y una imponente oscuridad se cernió sobre nosotros. Después de rezar unos instantes conteniendo el aliento, una penitente se acercó al confesionario. La observé. Susurró sus pecados: recibió la absolución; volvió reconfortada. La siguió otra persona, y luego otra. Una señora muy pálida, arrodillada a mi lado, tuvo la gentileza de decirme en voz baja:
—Vaya usted ahora; todavía no estoy preparada.
La obedecí mecánicamente; me puse en pie y me dirigí al confesionario. Sabía lo que hacía; mi cabeza sopesó aquella determinación con la velocidad del rayo. Dar ese paso no podía hacerme más desgraciada de lo que ya era; tal vez me aliviase.
El sacerdote del confesionario ni siquiera me miró; sólo acercó silenciosamente su oído a mis labios. Parecía un hombre bondadoso, pero aquel deber se había convertido en una suerte de rutina: se consagraba a él con la flema de la costumbre. Yo vacilé; no conocía la fórmula de la confesión: así que, en vez de pronunciar el preludio habitual, dije:
—Mon père, je suis protestante[143].