Villette

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Se volvió al instante. No era un sacerdote del país; la fisonomía de éstos era, invariablemente, servil: comprendí por su perfil y su frente que era francés; aunque canoso y de edad avanzada, creo que no carecía de sensibilidad ni de inteligencia. Me preguntó, en tono amable, por qué acudía a él siendo protestante.

Le dije que me moría por recibir un consejo o una palabra de consuelo. Que vivía completamente sola desde hacía unas semanas; que había estado enferma; que mi espíritu no podía seguir soportando el peso de una terrible aflicción.

—¿Se trata de un pecado, de un crimen? —preguntó, alarmado.

Le tranquilicé sobre ese punto y, lo mejor que pude, le conté en pocas palabras mi experiencia.

Él se quedó pensativo, y pareció desconcertado.

—Me coge usted desprevenido —exclamó—. Nunca se me había presentado un caso como el suyo: por lo general, conocemos nuestro deber y estamos preparados, pero esto supone una gran ruptura en el curso ordinario de la confesión. No sabría qué consejo darle en sus circunstancias.


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