Villette
Villette Sé que regresó a su prisión muy afligido, sin el menor deseo, con un gemido y un largo estremecimiento. Los compañeros separados, el Espíritu y la Materia, no eran fáciles de reconciliar: en vez de saludarse con un abrazo, se enzarzaron en una especie de lucha cruel. Recuperé el sentido de la vista, envuelto en rojos, como si nadara en sangre; y la capacidad de oír, que volvió de pronto, con el fragor de un trueno; la conciencia revivió atemorizada: me incorporé presa del terror, preguntándome en qué región, entre qué extraños seres, despertaba. Al principio no reconocí nada de lo que me rodeaba: una pared no era una pared… ni una lámpara, una lámpara. Habría percibido lo que denominamos un fantasma con la misma nitidez que las cosas más corrientes; otro modo de insinuar que lo que veían mis ojos tenía un aire espectral. Pero los sentidos no tardaron en recuperar sus facultades; la máquina de la vida pronto reanudó su trabajo acostumbrado.
Aun así, no sabía dónde estaba; comprendí que me habían trasladado a otro lugar: no yacía en el escalón de ningún pórtico; la noche y la tempestad habían quedado tras los muros, las ventanas y el tejado. Me habían llevado a una casa, pero ¿qué casa?