Villette

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Sorprendida por todo aquello, seguí investigando. Por extraño que parezca, estaba rodeada de viejos conocidos, y los días de antaño parecían sonreírme desde todos rincones. Había dos miniaturas ovaladas encima de la chimenea, y yo conocía de memoria las perlas que adornaban sus «cabezas» altaneras y empolvadas; los terciopelos que rodeaban sus pálidas gargantas; las ondulaciones de sus pañuelos de muselina; los volantes de encaje de sus mangas. Sobre la repisa, había dos jarrones de porcelana y algunas reliquias de un diminuto servicio de té, tan suaves como el esmalte y tan finas como la cáscara de un huevo, y el clásico centro de alabastro, cubierto con una campana de vidrio. Habría podido describir las peculiaridades, imperfecciones y grietas de esos objetos como si fuera una clairvoyante[146]. Por encima de todo, había dos pantallas de mano con unos dibujos tan minuciosos como si estuvieran grabados en metal; al verlos, me dio un vuelco el corazón, recordando las horas que había pasado haciéndolos, trazo a trazo, con un tedioso, endeble y ridículo lápiz escolar entre esos dedos que ahora tanto se asemejaban a los de un esqueleto.

¿Dónde me encontraba? No sólo en qué lugar del mundo, sino ¿en qué año del Señor? Pues todos esos objetos pertenecían al pasado, y a un país muy lejano. Hacía dos lustros que yo me había despedido de ellos; no había vuelto a verlos desde los catorce años.


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