Villette
Villette Me acosté de nuevo. La cama estaba en un pequeño hueco; cuando volví el rostro hacia la pared, la habitación y su extraño contenido habían desaparecido. ¿Desaparecido? ¡No! Pues, al cambiar de postura con esta esperanza, en el espacio verde que dejaban ver las colgaduras de la cama, divisé un retrato con un ancho marco dorado. Era una acuarela pintada con maestría, aunque sólo se trataba de un boceto; una cabeza de muchacho, vigorosa, llena de vida, risueña y expresiva. Parecía un joven de dieciséis años, de tez rubicunda y mejillas sonrosadas; con el cabello largo y bastante claro, de un brillante color dorado; los ojos penetrantes, y la sonrisa alegre y maliciosa. En conjunto, un rostro muy agradable de contemplar, especialmente para los que se creyeran con derecho a su afecto… por ejemplo, los padres o las hermanas del joven. Cualquier pequeña y romántica colegiala podría haberse enamorado de ese retrato. Aquellos ojos miraban como si, transcurridos unos años, fueran a responder con entusiasmo al amor: soy incapaz de decir si guardaban, para un caso de necesidad, el brillo de una fe ardiente e inquebrantable. Pues, cualquier sentimiento que le saliera al encuentro con demasiada facilidad, aquellos labios amenazaban, de manera encantadora pero inequívoca, con convertirlo en un capricho o un afecto muy ligero.
Esforzándome por aceptar cada nuevo descubrimiento con la mayor serenidad, susurré para mí: