Villette
Villette —¡Ah! Ese retrato estaba colgado en la salita del desayuno, sobre la repisa de la chimenea: demasiado alto, pensaba yo. Recuerdo que me subía al taburete del piano para descolgarlo, sostenerlo en las manos y buscar qué escondían sus preciosos ojos, que parecían reír bajo unas pestañas color avellana; ¡me gustaba tanto observar el color de sus mejillas o la expresión de su boca! No creía que la imaginación pudiera embellecer la curva de esos labios o de esa barbilla; e, incluso en mi ignorancia, sabía que eran realmente hermosos y me preguntaba, perpleja: «¿Cómo es posible que algo tan encantador pueda causar al mismo tiempo tanta tristeza?».
En una ocasión, cogí a la pequeña señorita Home en brazos y le pedí que se fijara en el cuadro.
—¿Te gusta, Polly? —le pregunté.
No me respondió, pero se quedó mirándolo un buen rato antes de decir: «¡Bájeme!», mientras una temblorosa sombra recorría sus emocionados ojos.
Yo la deposité en el suelo, convencida de que la niña también lo percibía.
Todas esas cosas acudieron a mi imaginación, y pensé: «Tenía sus defectos, pero conozco muy pocos caracteres tan nobles como el suyo; era generoso, afable, sensible».
Y, sin darme cuenta, exclamé en voz alta:
—¡Graham!