Villette
Villette —En efecto, asà ha sido —respondÃ.
El doctor John no hizo el menor comentario. Supongo que mi silencio le pareció excéntrico, pero fue indulgente conmigo y se abstuvo de censurarme. Me atrevo a decir, asimismo, que habrÃa juzgado impertinente interrogarme sobre los motivos de mi reserva; y, aunque es posible que sintiera un poco de curiosidad, el caso no era tan importante para que la curiosidad se viera tentada a violar la discreción.
Por mi parte, sólo me aventuré a preguntarle si recordaba aquella ocasión en que yo le habÃa mirado fijamente; pues aún me dolÃa el ligero fastidio que él habÃa evidenciado.
—¡Claro que me acuerdo! —repuso él—. Creo que incluso me enfadé con usted.
—¿Me consideró tal vez demasiado atrevida? —inquirÃ.
—En absoluto. Sólo que, siendo usted tan tÃmida y retraÃda por lo general, me pregunté qué deformidad de mi rostro resultaba tan magnética para unos ojos normalmente esquivos.
—¿Entiende ahora por qué lo hice?
—Perfectamente.